Conocí a esta señora, como voluntaria de un Hospital. Concha era ciega, había perdido la vista de cada ojo por distintos motivos. Impresionaba verla ya que uno de sus ojos parecía salirse del cuenco.
Para que se ahorrase un taxi a Barcelona, la llevé en mi coche a ver a su hijo menor enfermo e ingresado en Bellvitge.
Nos hicimos muy amigas, casi íntimas. A lo largo de muchos años, me fuí forjando la idea de su vida, cuan sola había estado para todo, desde niña.
Su madre estaba como en otro planeta y era ella siendo niña, la que le decía -bueno tendemos que comprar y hacer la comida. La madre le respondía que -bueno, y ella salia a comprar lo que podía y lo que le parecía.
Su padre era músico y estaba en la guerra, se enteraron que concentrados en un pueblo y fueron a verlo, casi no les hizo ni caso. Por eso la madre estaba como ida.
El día en que su madre murió, ella estaba pariendo sola en casa, su marido también estaba en la guerra, volvió de permiso le hizo otro crío y murió.
Concha no había ido nunca al colegio, por las mañanas iba a lavar la ropa de otras familias a los lavaderos públicos. Más tarde iba a una industria conservera a limpiar pescado y por la noche a vender entradas de un cine. No sé cuando dormía.
Para hacer la historia corta, el mayor de sus hijos llegó a tener un Hotel en los EE. UU. no recuerdo ya el lugar exacto, que sí ví en unas fotos. Nunca volvió a verla, un nieto vino con la novia y lo que pensaban era en estafarla, porque no tenían ni un duro.
Pobre Concha, además vivió hasta los 100 años, pedía con tanta fe, morir, pero Dios no la escuchaba.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada